Cuando miro atrás y conecto con el dolor y el sufrimiento
pasado estos cuatro años (casi cinco!)… Me doy cuenta que ha llegado el momento de parar mi
mundo.
Durante este proceso siempre he sentido que la vida no me
recompensaba, que de alguna manera incluso me castigaba. La falta de
reconocimiento hacia mí y la culpa de no poder ser madre, me han perseguido
hasta tal punto de no saber qué quiero, de no saber hacia dónde voy. Atrapada
en un bucle obsesivo, he “odiado” todo aquello que los demás tenían,
idealizando vidas e historias cercanas que me dañaban y me mostraban todo
aquello que yo he soñado y quería, pero que no alcanzaba.
Las lágrimas en soledad, los pensamientos negativos, la
rabia y la impotencia de no caminar y avanzar, me han acompañado tan cerca que
incluso, he llegado a sentir una sobrecarga que me ahogaba y me inundaba de tristeza.
Hace un tiempo, más bien poco, decidí que no quería ser así.
Suerte, mucha suerte, he tenido de encontrar a personas en mi camino que me han
ayudado a abrir los ojos. Aunque es muy doloroso (os lo aseguro), he querido movilizarme
para desviar la mirada y centrarme en mí, alguien a quien había olvidado por
completo. Necesito, más que nunca, conectar conmigo misma y averiguar hacia
dónde quiero ir. Siento que la vida sigue, sea como sea, y quiero vivir
feliz. Hasta entonces, creo que no lo he sido por completo.
He intentado escribir mi futuro con insistencia, y entonces,
sólo he sentido mucha frustración. Hoy, decido escribir mi presente. No sé
hacia donde me llevará, pero prefiero moverme yo, que el mundo me mueva a mí.
Lola
